En este rotundo rechazo que aquí fulmina contra todo lo arábigo,
engloba también a un médico latino contemporáneo del libro
que estamos describiendo. Se trata de Giovanni Manardo que había
nacido en Ferrara, en 1462 y muerto allí en 1536, después de haber
sido sucesivamente alumno y profesor en la universidad de dicha
ciudad italiana. Su obra médica más famosa lleva el título de Epistolae
medicinales, que su autor había ido redactando desde 1500 hasta
el año mismo de su muerte; colección que sería repetidamente editada,
a partir de 1521, a lo largo de todo el siglo XVI. Desde la edición
de Estrasburgo de 1534, se imprime junto a las “Epístolas” un
comentario de su autor al tratado farmacológico de Mesué. Pero
siempre fue Manardo un fino humanista que había traducido del
griego al latín el Ars parva de Galeno (Roma, 1535) y que constantemente
se mostró como fiel galenista y como antiarabista decidido.
¿Porqué lo vitupera Servet de un modo tan reiterado? Habría que
analizar más despacio el contenido de esas críticas que, ciertamente
no afectaban tan solo al mencionado comentario a Mesué, sino al
contenido mismo de varias de las “Epistolas” originales del ferrarense.
Tal vez influyera en tal enemiga la discrepancia de puntos de vista
con respecto a la astrología. Ya vimos que, en los primeros meses
del año 1538, “cierto estudiante de medicina, Miguel de Villanueva,
de nación española, o como él se decía, navarro” hubo de suspender,
a instancias del decano de la Facultad un curso que daba sobre esta
materia, por considerar que entraba en el terreno de la astrología judiciaria:
la que hace depender las suertes del hombre de las posiciones
de los astros. La actitud arrogante del “villanovano” y su propósito de publicar un opúsculo sobre esta materia –lo que ciertamente
haría en un escrito titulado Apologetica disceptatio pro astrologia– habían
de provocar un proceso –sustanciado el 18 de marzo de 1538–
que se resolvería con una simple amonestación, pero que llevaría a su
autor a dejar París y volver a Lyon donde proseguiría su tarea de editor,
con la segunda tirada de la Geografía de Tolomeo (1541) y con
la corrección de sendas ediciones de la Biblia latina de Santes Pagnini
(1542 y 1545). En cambio, Manardo, bien relacionado con Pico
della Mirandola cuya oposición a todo lo astrológico es bien conocida,
bien pudo causar con su actitud en este punto el inicio de la discrepancia
con Servet. Lo cierto es que la enemistad manifestada por
Servet frente al humanista Manardo resulta aquí tan acerva como
aquella que lanzaba contra los barbari del arabismo.
Todo esto puede parecernos banal, pero en realidad es muy significativo.
Con su carga cerrada contra la medicina oficial, en tema tan
importante como el de la maduración de los procesos humorales, Servet
provocó algo más que la enemistad de sus colegas: inició la “polémica
de los jarabes”, cuyo acmé reflejan las cuatro reediciones del libro
entre los años 1545 y 1548. Polémica que viene a sumarse a la de la sangría
de Brissot, a la de las fiebres de Gómez Pereira y a otras, que abren
brecha en el sistema galénico, actuando precisamente en nombre de
Galeno. En efecto, Servet, como sus maestros, trata de hacer “la justa
defensa de los dogmas galénicos”, “rescatando su doctrina de las falanges
de los árabes, como si volviera de la cautividad”.
En el estudio con el que Pedro Laín Entralgo acompaña la traducción
española del De motu cordis de Harvey, se inserta una afirmación
acerca de la obra médica de Miguel Servet que parece historiográficamente
escandalosa. Dice así: “La actitud crítica de Serveto frente a la fisiología
antigua es singularmente perceptible en su escrito sobre los jarabes;
mucho más, por supuesto, que en los párrafos de la Christianismi
restitutio consagradas a la descripción original de la circulación menor”.
(11)
(11) Clásicos de la Medicina. Harvey. Traducción de María Araujo. Estudio preliminar y notas
de P. LAÍN ENTRALGO. Ediciones El Centauro, Madrid, 1948, p. 32.
¿Cómo puede decirse tal cosa, si a este segundo aspecto de la
producción médica servetiana se han dedicado tan encendidas loas, mientras que ha sido tan débil la atención que se ha prestado al otro?
El dicho de Laín es discutible, sin duda, pero me parece certero ¿Por
qué, pues, tal diferencia de los enfoques historiográficos? Pienso que
ello se debe a la diferente peripecia ulterior de una y otra de las aportaciones
servetianas: su doctrina de los jarabes se mete en un callejón sin
salida, mientras que su descripción del tránsito hemático pulmonar se
abre a una amplia avenida; son sendos caudales de agua, uno de los cuales
se agota en un arenal desierto, mientras que el otro afluye a un río
importante de cuyo nombre le vendrá una notoriedad de la que el otro
habrá de carecer.
La pérdida de perspectiva que nosotros apreciamos con respecto
a la maduración de los “humores pecantes”, nada tiene que ver con
lo que Miguel Servet y los médicos de su tiempo percibían ante ese
proceso que se mantenía vivaz y activo ante sus ojos. El autor del
opúsculo titulado: Syruporum universa ratio, tiene conciencia de que
va a meterse en una polémica de la que puede salir malparado, pero
que es preciso acometer. Es lo que expresa en las primeras líneas del
libro, en la presentación a los lectores: “No me decidía (Nondum erat
mihi animus...) a abordar esta importante cuestión, tan temida por
muchos. Pero, aún en contra de mi voluntad, se me ha impuesto el
sentido del deber: por ayudar al progreso de la medicina, por defender
la recta doctrina de Galeno y, sobre todo, por amor a la verdad.
Con ello, espero ayudar a los jóvenes que aspiran a ser profesionales
de la medicina, en el capítulo de la terapéutica”. Es una valiente actitud
de defensa de los valores científicos que él estima como imprescindibles,
lo que lleva a Miguel Servet a entrar briosamente, en
lo que cabe designar como “polémica de los jarabes” tema entonces
importante, pero cuya vigencia hubo de caer justo con todo el esquema
de la patología humoral. Por ello, aquella producción servetiana,
tan actual en su día, habría de caer en el olvido.
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