Desde Galeno se sabía que la sangre, generada en el hígado a partir
del quilo digestivo que le había llegado por la vena porta, pasaba al corazón
derecho. Allí, una parte abocaba a los pulmones por la llamada
“vena arteriosa” –nuestra arteria pulmonar: que sería vena por llevar
sangre y arteriosa por su estructura– y otra parte pasaba al corazón izquierdo,
a través de presuntos orificios que perforaban el tabique interventricular.
En el ventrículo izquierdo, se vería “aireada o espiritualizada”
por un fluido –aer, spiritus, pneuma– que le llegaría desde el
exterior por la traquearteria y por la “arteria venosa”, equivalentes a
nuestra tráquea y a nuestras venas pulmonares; las cuales serían arterias
por llevar aire y venas por la flacidez de su pared. Y es esto lo que va a
aprovechar el teólogo tomándolo de su saber médico; ofreciendo al lector
“esta divina filosofía que –le dice– podrás entender más fácilmente
si estás ejercitado en la anatomía”.(13)
(13) ...quam facile intelleges si anatomem fueris exercitatum (Op. cit, p. 169).
14 14. Op. cit, p. 170.
Ya que nuestro autor, ducho en saberes
médicos y teológicos, considera que el mecanismo del contacto
del aire con la sangre y la consiguiente espiritualización de ésta se hace
más comprensible si se tiene en cuenta el mecanismo arterio-venoso
que se describe en la página 170 de la Christianismi restitutio. Así se podría
traducir el famoso texto: “Se hace esta comunicación, no por el tabique
del corazón como vulgarmente se cree, sino a través de un complejo
sistema –sed magno artificio–, desde el ventrículo derecho, la
sangre sutil se ve agitada a través de los pulmones y, así preparada, toma
un color rojo vivo; y, de la vena arteriosa es transfundida a la arteria
venosa”14. El camino está pues aquí claramente expuesto, aunque
Servet admita que algo de sangre puede trasudar por el tabique: exactamente
lo contrario que decía Galeno; que, junto al paso directo interventricular,
admitía que un poco de sangre se filtraría por el pulmón.
Después explicará la difusión de esa sangre neumatizada por todo el organismo,
al que así llegaría la vida por el árbol arterial lleno de sangre roja y sutil, igual que le llegaba la nutrición por la sangre espesa y oscura
que, desde el hígado, afluía a todos los órganos por el sistema venoso.
La fracción de la sangre arterial que alcanzaría el cerebro, al ser
sutilizada a su paso por los plexos coroideos, se cargaría de “espíritus
animados” que, por los nervios aportarían al cuerpo entero la sensibilidad
y el movimiento. Todo ello según los supuestos de la más estricta
fisiología galénica.
Servet tiene conciencia de la novedad de su aserto, sabe que aquella
doctrina era desconocida para Galeno –ab ipso Galeno non animaversam
–; pero que descansaba sobre los presupuestos del galenismo los
cuales exigen la adecuación de la forma a la función. “Confirma esto
–dice– la amplitud de la arteria venosa que no sería tan grande, si sólo
sirviera para la nutrición de los pulmones... Luego para otro uso se infunde
la sangre del corazón a los pulmones desde el momento del nacimiento
del hombre y de modo tan copioso”. Y de los pulmones al corazón,
no va sólo aire por la arteria venosa, sino mezclado con sangre...
Además el ventrículo izquierdo
es demasiado angosto para tan
amplio proceso de espiritualización
hemática”. Así, pues,
un interés teológico, una mentalidad
galénica, una práctica
disectiva y una visión renacentista
del cuerpo humano se hallan
en la base de este descubrimiento
de Miguel Servet.
Pienso que se trata de una
noticia estrictamente original.
Que no hubo de llegar a Servet
lo que en el mismo sentido había
escrito en árabe en el siglo
XIII, en Egipto, el sirio Ibn an-
Nafis, entre las páginas de un
extenso comentario a la anatomía
del primer libro del Canon
de Avicena. Alguna posibilidad cabe de que tal noticia llegase a Padua a través de Andrea Alpago. También
pudo haber saltado de Padua a París, a pesar del distinto enfoque
de los estudios anatómicos de cada una de estas Escuelas. Pero no es nada
probable. Tampoco creo que deba pensarse en una mutua influencia
–en uno y otro sentido– del anatomista de Pisa y luego de Roma,
Realdo Colombo y de su discípulo español Juan Valverde de Amusco.(15)
(15) Juan VALVERDE, Historia de la composición del cuerpo humano. Roma, 1556. Realdo
COLOMBO, De re anatomica, Roma, 1559.
Las obras impresas de uno y otro son posteriores en pocos años a Christianismi
restitutio. Pero Colombo llevaba ya más de tres lustros practicando
la disección, siendo el primer sucesor del gran Vesalio; y Valverde
declara que lo que él dice lo había aprendido de aquél. Como la
primera noticia del párrafo antes citado del tratado servetiano se encuentra
en el manuscrito parisino de 1547, no es fácil que estuviera influida
por los primeros resultados de Colombo; y, al revés, mal pudo
haberla conocido este anatomista al hallarse en un libro de teología cuya
edición fue casi ahogada en su cuna. Pienso que estos resultados tan
similares hubieron de ser espontáneos en cada caso, por ser algo que
cada uno de ellos bien pudo alcanzar por su cuenta. Ante la evidencia
que la nueva anatomía daba de la ausencia de poros interventriculares
–mala respuesta era la de suponer su obturación post-mortem– y la visualización
cada vez más perfecta del árbol bronquial conectado con el
arterial, no era difícil la sospecha de una interconexión. Ciertamente
habría que tener la capacidad de entenderlo, de decirlo y demostrarlo.
Y para ello habría que tener algún interés en ello: el de Servet era ciertamente
teológico, porque aquella conexión de los vasos sanguíneos
con los aireados pulmones ilustraban su tesis de la espiritualización hemática.
El interés de Colombo se fundaría en aquella demostración suya
de que las venas pulmonares estaban repletas de sangre; evidencia
por él obtenida mediante la vivisección; técnica esta que él practicaría
especialmente. En todo caso, aquella novedad del paso de la sangre a
través de los pulmones, no parece haber suscitado gran interés por parte
de los médicos del Renacimiento. Y es que tal novedad, aunque fuera
valiosa en sí misma y fruto de una recta reflexión y una acertada experimentación,
no rompía los esquemas fisiológicos establecidos. No se trataba propiamente de una “circulación”: es decir, del reiterado transcurso
de un móvil por un circuito cerrado, sino simplemente del tránsito
por un camino que apunta en una sola dirección, ya que la sangre
que por allí había pasado no retornaba al punto de partida, sino que se
consumía en los órganos irrigados por la doble aportación: venosa (nutritiva)
y arterial (vitalizadora).
El descubrimiento primeramente formulado por Miguel Servet no
era aún la circulación menor, pues tal concepto sólo podría ser comprendido
dentro del esquema de una circulación total, el cual tardaría
mucho en ser formulado. Me atrevo a decir que tal formulación era aún
imposible, por resultar impensable para la mentalidad de un científico
del s. XVI. Incluso la genial aportación de Copérnico, en 1543, que supondría
un cambio del sistema cósmico, sólo tendría su plena efectividad
–y suscitaría la correspondiente alarma– en el siglo siguiente. El
Renacimiento es visual y descriptivo; el Barroco racional y experimentador.
Sólo después de la física matemática de Galileo estarían las mentes
dispuestas para entender una estructura mecanicista del movimiento
orgánico, en la que la circulación de la sangre stricto sensu pudiera
tener cabida. Y dentro de ella había de inscribirse la llamada “menor”:
el circuito pulmonar, tan genialmente descrito por aquel que fue a la
vez teólogo y médico, nuestro Miguel Servet, en el que un impulso religioso
se había fundido con un afán científico dando por fruto un valioso
descubrimiento, que –a diferencia de su doctrina sobre la maduración
de los humores y el uso de los jarabes digestivos– no iba a quedar
estancada; sino que iba a injertarse en el cauce de la doctrina de la circulación,
cifra y compendio de la fisiología dinámica tan característica
del s. XVII: la llamada iatromecánica. Lo dicho por Servet quedaría sepultado
en la Christianismi restitutio hasta que lo advierta William Watton
en 1794; noticia que iba a desencadenar la magnificación del teólogo
Miguel Servet en cuanto a científico. La noticia de lo que habría
de ser llamado círculo menor, entraría en el mundo científico a través
del De re anatomica de Colombo, pero no parece que tuviera gran impacto:
ni para aceptarla, ni para rechazarla. Aunque habría que ahondar
en el mundo médico del Renacimiento para estudiar la cuestión de
su recepción, da la impresión de que no causó grave impacto. La diferencia
aquí discutida se limitaba al paso de la sangre del corazón derecho al izquierdo, con su consiguiente “espiritualización”. Si la sangre
pasaba por unos hipotéticos poros que atravesaban el tabique interventricular
o a través de ese mirabile artificium, por todo el parénquima
pulmonar, como Servet decía, la cosa no afectaba al conjunto del sistema,
por lo que los médicos del Renacimiento lo dejaron más bien de
lado. La anatomía renacentista, ya tan desarrollada, no logró atisbar los
supuestos foramina y aunque haya que explicar la existencia de que un
ventrículo específico –que no se halla en los animales desprovistos de
pulmones–, un fuerte sistema de arterias y una gran masa de sangre estén
dispuestos tan sólo para nutrir un órgano tan ligero –“liviano” le
llaman los clásicos– como es el pulmón, Miguel Servet sí que advirtió
tal incoherencia entre la forma y la función del sistema arteriovenoso
pulmonar y ello le llevó al descubrimiento que ha inmortalizado su
nombre.
|